Por: Luz Marina López Espinosa
Cuando se vive en un mundo en el que haya necesidad de que desde la inhabilidad del destituido de todo poder se deba denunciar que un Estado asesina impunemente a niños cuyo pecado es ser una nacionalidad, cultura o religión distinta a la suya, denuncias frente a las cuales aquél mira indolente hacia otro lado sin hacer reproche alguno, es hora de pensar en los infinitos niveles de maldad y degradación al que llegó ese mundo.