jueves, 26 de mayo de 2022

La Guajira en 2022: La realidad del hambre


Cada seis días ha muerto un niño.- En un terreno que hace algunos años estuvo pensando para construir una pista de aterrizaje, hoy intenta sobrevivir esta familia guajira.

Es un día normal en el municipio de Uribia, norte de La Guajira. Es la hora del almuerzo, el momento del día cuando el sol pega tan duro en el desierto, que parece inhumano. Debajo de una tejas de zinc, que resisten al fuerte viento, una familia wayúu permanece en silencio escondiéndose del golpe de calor. Allí, en un terreno que hace algunos años estuvo pensando para construir una pista de aterrizaje, hoy  intenta sobrevivir esta familia que no ha comido nada durante el día.

Es la invasión llamada 'El Aeropuerto', un albergue de más de 2.000 familias wayúu provenientes de Venezuela que decidieron hace tres años, por la crisis social, retornar y cruzar la frontera, un límite territorial que para esta cultura no existe. Los indígenas del asentamiento, que migraron por el hambre,  paradójicamente hoy permanecen refugiados en Colombia por las mismas razones.

Son las 12 del mediodía del sábado y Danilda, quien es la única mujer de la familia de ocho personas pertenecientes a una cultura que privilegia a los hombres por el simple hecho de serlo, toma impulso para poner a cocinar sobre cenizas un pucho de arroz, el primer alimento y único que comerán en este día mayo. Para calmar el hambre el día anterior habían conseguido pasta, también la única comida de aquel viernes.  Aunque parezca difícil de creer, como Danilda, su esposo y sus seis hijos, hoy en Colombia 12 millones de personas están comiendo dos o incluso solo una comida al día, según datos del DANE de marzo de este año.

En 'El Aeropuerto' el viento es fuerte y Danilda dice que “a veces el arenero está muy feo” y por eso “a los niños se les pega la gripa y se mantienen con gripa”. Sin embargo, esto sucede especialmente cuando el verano es intenso porque  “en este momento la lluvia no está levantando el arenero”.

Así es como Danilda hace pensar en una de las problemáticas más serias de esta población desprotegida: aunque es tiempo de lluvias no tienen agua apta para beber.

Como si fuera poco, la problemática se agudiza en las temporadas secas o en lugares donde la vegetación es casi nula como en la alta Guajira. Allí la probabilidad de que caiga agua es más remota.  El derecho a consumir agua potable no está garantizado para los que habitan este territorio más al norte de Colombia.

Por ejemplo, según cuenta Antonio Jayariyu, un joven líder de 'El Aeropuerto', en este asentamiento cada pimpina de agua (20 litros) cuesta siete mil pesos, pero, dada la cantidad de gente, se puede comprar máximo cuatro pimpinas por familia  cada vez que un carrotanque llega a vender el “preciado líquido”, una expresión popular que en La Guajira toma toda su connotación.

Pero tener dinero no es algo con lo que puedan contar familias como la de Danilda, quien para comprar agua, alimentos y  leña depende del trabajo de uno de sus hijos. Miguel, cuando no estudia, con 17 años tiene que trabajar transportando gente en Uribia en un “ciclo”, es decir, en un bicitaxi el cual debe tomar alquilado por 15.000 pesos el día.  “La vida acá es muy pesada. Tenemos que hacer mucho esfuerzo para ganarnos una plata mínima”, dice. Su papá, es un adulto mayor con problemas de salud que le imposibilita moverse con normalidad.  

Así parece ser la vida en este precario asentamiento de casas improvisadas y de calles de tierra, a veces encharcadas, donde han aterrizado las familias wayúu más pobres de La Guajira, a su vez uno de los departamentos más pobres del país y más golpeados por la pandemia. Según el Dane, aunque en los últimos dos años los indicadores de pobreza extrema y monetaria bajaron en casi todos los departamentos, en La Guajira aumentaron.

Y como parece apenas obvio, la pobreza es la principal causa de la desnutrición que solo en el último año originó la muerte de más 100 niños menores de cinco años a nivel nacional, según datos de la Defensoría del Pueblo. Por esta misma causa, Lucas, el hijo menor de Danilda durante la pandemia fue intervenido en un hospital para salvarle la vida.

También por la desnutrición, el miércoles 18 de mayo en el hospital murió un niño de un año de una de las comunidades que vive en el Aeropuerto, perteneciente a la comunidad Parrusain, según informó la ONG Nación Wayuu.

Y por esta misma razón, en la Guajira un menor de cinco años muere por hambre cada seis días. Es decir, 21 niños han fallecido por causas asociadas a la desnutrición en lo que va del 2022, según el registro del Instituto Nacional de Salud, que no incluye a lo niños que mueren en la profundidad de las comunidades indígenas.

Esa es la cara más dura de la realidad de la desnutrición del país. La otra cara es vivir en constante riesgo de morir por hambre.



En riesgo de morir

En 'El Aeropuerto', los hijos de Danilda, que tienen entre dos y diecisiete años de edad, parecen a veces sosegados ante la dura realidad y veces inquietos en busca de algún juego que les saque una sonrisa. Sin embargo, sus miradas en lo profundo son tristes, una de las muchas características de un niño en riesgo de desnutrición aguda, la etapa en la que la persona pierde rápidamente peso antes de morir, a no ser que sea salvado.  

“Solo este fin de semana me reportaron cinco niños con desnutrición”, me dice Sandra Guillot Pérez,  wayúu, trabajadora social del Banco de Alimentos de La Guajira, quien además advierte de los varios casos que pueden existir en 'El Aeropuerto', en Uribia o en Manaure, otro municipio cercano.

En este contexto de escasez y vulnerabilidad de los derechos fundamentales, la falta de protección estatal hace que algunas veces los wayúu tengan que elegir entre ir a un hospital o permanecer con sus hijos enfermos en las comunidades. Es el caso de una familia de una comunidad en el municipio de Manaure. Desde la entrada a su ranchería se presenta a la vista un extenso campo arenal, casi diez casas hechas de barro o de bloque a la vista; chivos; postes de energía; y un par de perros a los que se les notan los huesos de su cuerpo.

En una de estas casas de barro, del tamaño de una habitación, desde las primeras horas del domingo los miembros de la comunidad debaten la suerte de Elder Epinayo, un bebe de once meses de nacido con una 62 centímetros de longitud y un peso de 4.800 gramos, la mitad de lo debería pesar un niño de esa edad. “Su diagnóstico es desnutrición aguda severa tipo marasmo, retraso en longitud y riesgo de muerte por desnutrición”, dice Atenas Urdaneta, nutricionista, wayúu y miembro del equipo de la ONG Asociación del Banco de Alimentos de Colombia que llegó hasta el lugar a rescatar al bebé.

Después de casi tres horas de conversación en wayunaiki, pues muy pocos integrantes de la comunidad hablan español, el equipo del Banco de Alimentos logra ayudar a esta familia y traslada al menor para ser atendido de urgencias en el hospital Nuestra Señora de los Remedios, en Riohacha, la capital de La Guajira, a unos 40 minutos en carro de aquella comunidad en Manaure.

“El niño tiene signos clínicos de desnutrición, palidez palmar, zonas de alopecia, cabello despigmentado, tiene aspecto de viejito”, es la forma como Atenas Urdaneta describe la desnutrición aguda severa tipo marasmo que presenta Elder. Al momento de escribir este texto el niño había sido trasladado por sus complicaciones a un hospital de alta complejidad en la ciudad de Valledupar, en el departamento de Cesar.  

Por situaciones como estas, la de tener que afrontar los gastos que implican acompañar a su hijo en ciudades lejos de sus territorios cuando hace apenas unos días no había dinero ni siquiera para la alimentación, es por las que muchas veces los wayúu deciden quedarse en sus territorios y negar la atención médica.

“En lo que va del año, haciendo valoración nutricional y focalizando los niños con desnutrición, he llevado más de 50 casos con desnutrición aguda principalmente en los municipios de Uribia, Manaure y Maicao”, afirma Atenas.

Según la Encuesta Nacional de Situación Nutricional del año 2015 (ENSIN), la más reciente, en el país la prevalencia de la desnutrición aguda en menores de 5 años es de 1,6%. Esta situación de mortalidad por y asociada a la desnutrición severa “evidencia cifras muy preocupantes”, dice el informe del Ministerio de Salud, las cuales, en algunos casos, pueden ser superiores, dado el subregistro que se presenta en algunas comunidades indígenas del país por crisis sociales como la pandemia que agudizó el hambre en comunidades vulnerables.

Cabe señalar que el impacto de la pandemia en la desnutrición del país será un interrogante difícil de responder con datos oficiales, pues por las restricciones a la movilidad el Gobierno no realizó en el 2020 la ENSIN, que se debe realizar cada cinco años.

Por eso, organizaciones no gubernamentales hacen sus propios cálculos. La Asociación del Banco de Alimentos de Colombia (ABACO), que reúne a 24 Bancos de Alimentos en cada región, afirma que la ayuda que entregaron durante la pandemia no fue suficiente para toda la demanda de la población que había en el país.

“Los Bancos de Alimentos antes de la pandemia veníamos atendiendo en todo el país 650.000 personas y en el 2020 terminamos atendiendo a 3.2 millones de personas”, dice el Director de ABACO, Juan Carlos Buitrago, quien advierte  que en la Guajira la situación fue más crítica.

Enfermedad irreversible

En los municipios de Uribia, Manaure y Maicao, en el mejor de los casos, se pueden encontrar comunidades como la Ishama, en donde las 60 familias que la conforman cuentan con procesos de organización que les permiten tener un molino para sacar de un pozo subterráneo de agua salina no apta para el consumo humano. Para recibir agua potable dependen de la lluvia o de un carrotanque que puede demorar hasta un mes en suministrar el recurso vital que solo alcanza para pocos días.

“Con la pandemia fue muy duro”, dice Daneli Daniela Ipuana Pushaina, integrante de la comunidad, quien cuenta que el molino solo empezó a funcionar desde el año pasado. “Si se daña el molino nos toca tomar agua del Jagúey”, refiriéndose a las lagunas artificiales hechas para recolectar aguas lluvias idealmente para el consumo de animales.

En esta comunidad, Atenas Urdaneta le hace seguimiento nutricional a 20 niños menores de cinco años, de los cuales tres presentan retraso en talla. Esta condición médica es conocida como desnutrición crónica, la cual altera el desarrollo  cognitivo y físico de niñas y niños en las primeras etapas  de vida. La falta de comida conlleva no solo a una baja talla frente a lo esperado para la edad, sino que deja  secuelas en el coeficiente intelectual y el desarrollo integral en la vida adulta.

En otra comunidad de Manaure, a 40 minutos de Riohacha, vive Wilmer Epiayú, un niño de casi siete años de edad a quien le diagnosticaron desnutrición crónica y su estatura es hoy igual a la de un niño de dos años y medio. “No tengo para comprar la comida. Puedo tener comida si hago y vendo mochilas pero no tengo trabajo”, dice Cecilia Epiayú, la madre de Wilmer. Cuenta que en promedio demora cinco días de trabajo para hacer una mochila, por la cual muchas veces le pagan diez mil pesos.

La Encuesta Nacional de Situación Nutricional  2015  informa que el 10.8% de los niños menores de 5 años en Colombia tiene desnutrición crónica, lo que significa que en el país hay más de 500 mil niños menores de cinco años con esta enfermedad irreversible que les impide su adecuado crecimiento y desarrollo.

“Está demostrado que los niños con desnutrición crónica van a tener 14 puntos menos de coeficiencia intelectual, cinco años menos de escolaridad y 54% menos ingresos en su vida adulta”.

En Colombia, según cifras antes de la pandemia, medio millón de niños tenían desnutrición crónica y según el grupo de investigación de ABACO, hoy en el país hay cinco millones de personas, que sufren o sufrieron en la primera infancia la desnutrición crónica, con secuelas de esta enfermedad irreversible.  Esto significaba que el 10% del país es menos inteligente, han logrado estudiar menos y tienen menos ingresos por culpa del hambre.

Fuente: La Opinión Digital

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